A veces me preguntan si alguna vez me arrepentí de haber gastado gran parte de mis ahorros ayudando a dos personas que apenas conocía.
La respuesta siempre es la misma.
No.
Ni una sola vez.
Aquel dinero llevaba años guardado sin saber para qué servía.
Terminó ayudando a darle tranquilidad a una madre.
Ayudó a que una niña pudiera continuar su tratamiento.
Y, sin que nadie lo planeara, terminó dándole una familia a un hombre que llevaba demasiado tiempo solo.
Sofía todavía me cuenta secretos.
Ahora son diferentes.
Que discutió con una amiga.
Que le gusta un compañero de clase.
Que tiene miedo de presentar un dibujo frente a todos.
Que quiere estudiar algo relacionado con arte pero no sabe exactamente qué.
Yo escucho.
A veces doy una opinión.
La mayoría de las veces solo asiento.
De vez en cuando la sorprendo mirándome con la misma expresión seria de aquella niña de cinco años.