—Está bien —dije—. Vamos arriba.
Me agaché.
La niña rodeó mi cuello con los brazos y subió a mi espalda, todavía apretando el oso entre nosotros.
Nunca olvidaré lo poco que pesaba.
Era como cargar una mochila casi vacía.
Eso me inquietó más de lo que quería admitir.
Subí despacio.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—Yo soy Ernesto.
—Ernesto es nombre de señor serio.
Solté una carcajada.
—Eso me han dicho.
Cuando llegamos al último escalón, la bajé con cuidado.
Sofía se tambaleó un poco, así que mantuve una mano cerca de su hombro.
—Bueno —le dije—. Cumplí mi parte.
Ella me miró.
—¿Qué?
—El secreto.
Su expresión cambió.
De repente ya no parecía una niña de cinco años.
Se acercó hasta casi tocarme y habló muy bajito.
—Mi mamá llora todas las noches.
Sentí que la sonrisa desaparecía de mi cara.