—¿Está cerca?
—Más o menos.
—¿Qué hace allí?
—Busca trabajo en las computadoras.
Miré la hora.
Mariana debía encontrarse con ella poco después.
—¿Quieres que las llevemos?
La niña me observó sin responder.
—Me gustaría hablar con tu mamá.
—¿De qué?
No había inocencia en aquella pregunta.
Había cautela.
Una cautela que una niña de nueve años no debería necesitar.
—De tu escuela. Y quizá de algunas cosas en las que pueda ayudar.
Mariana frunció el ceño.
—La gente normalmente no ayuda.
No supe qué decir durante un segundo.
Ella continuó:
—A veces nos dicen que nos vayamos.
Sofía la miró.
Después me miró a mí.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Sentí vergüenza de todas las veces que yo mismo había pasado junto a personas en dificultades sin preguntarme qué historia había detrás.