Una niña sin hogar enseñó álgebra a mi hija tras una reja, pero lo que descubrí después me dejó sin palabras

—No puedo hablar por otras personas —le dije—. Pero sí puedo hablar por mí. Y quiero conocer a tu mamá.

Mariana dudó.

Finalmente aceptó.

Durante el trayecto, las dos niñas se sentaron atrás.

Yo apenas tuve que hablar.

Sofía empezó a preguntarle a Mariana sobre libros.

Mariana le preguntó qué estaba estudiando.

Hablaron de animales, planetas, números y acertijos.

Miré varias veces por el espejo.

No reconocía a mi propia hija.

La niña que días antes se había negado a trabajar con compañeros porque los consideraba menos inteligentes ahora escuchaba cada palabra de Mariana.

No estaba fingiendo.

Realmente quería saber lo que ella pensaba.

Cuando llegamos, encontramos a la madre de Mariana frente a una computadora.

Se llamaba Elena.

Debía tener unos 35 años, aunque el cansancio hacía difícil calcularlo.

Cuando vio acercarse a Mariana acompañada por mí y Sofía, se levantó de golpe.

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