Miré a Mariana.
—Una niña que recoge un cuaderno que todavía tiene páginas útiles, practica matemáticas por su cuenta y escucha clases desde afuera porque quiere seguir aprendiendo merece una oportunidad.
Elena comenzó a llorar otra vez.
—No sé qué decir.
—No necesita decir nada hoy. Piénselo.
Mariana se acercó.
—Mamá, quiero regresar a la escuela.
Elena la abrazó.
Ese momento cambió nuestras vidas.
Pero no ocurrió como en esas historias donde al día siguiente todos los problemas desaparecen.
No fue así.
Elena tuvo que aprender nuevas tareas.
Al principio cometió errores.
Llegaba demasiado temprano porque temía que alguien pensara que no estaba tomando el trabajo en serio.
Anotaba absolutamente todo.
Preguntaba dos veces.
Revisaba tres.
Poco a poco empezó a demostrar algo que ya sospechaba aquella tarde: era extraordinariamente capaz.
En menos de un año, varias actividades que antes eran caóticas empezaron a funcionar mejor gracias a ella.