Podría haber llegado en el coche.
El chofer podría haber recogido a Sofía.
Yo habría seguido trabajando.
Mariana habría regresado con su madre.
Quizá nunca nos habríamos conocido.
Incluso después de verla junto a la reja, podría haber decidido que no era asunto mío.
Podría haberle pedido que se alejara de la escuela.
Podría haber pensado únicamente en su ropa gastada, en sus tenis rotos o en el lugar donde dormía.
Y habría pasado por alto lo verdaderamente importante.
Una niña de nueve años que no podía entrar a un salón estaba haciendo todo lo posible por seguir aprendiendo.
Y cuando finalmente consiguió aprender algo, su primer impulso fue compartirlo.
Durante buena parte de mi vida pensé que tener mucho dinero me permitía dar cosas importantes a otras personas.
Mariana me enseñó algo distinto.