Regresé a casa entendiendo que yo también la necesitaba.
Porque a veces la persona capaz de enseñarte la lección más importante no está detrás de un escritorio.
A veces está al otro lado de una reja.
Con los zapatos gastados.
Un cuaderno que alguien más tiró.
Y unas ganas enormes de compartir lo poco que pudo aprender.
Sólo tienes que detenerte el tiempo suficiente para verla.