Y mientras yo construía una vida llena de comodidades para ella, Sofía empezó a convertirse en una niña que medía a la gente por lo que tenía.
Sus maestros comenzaron a llamarme.
No quería trabajar con algunos compañeros porque, según ella, eran “lentos”.
Se burlaba de la ropa de otros niños.
Una vez hizo llorar a una compañera porque su mochila estaba vieja.
También trataba con impaciencia a las personas que trabajaban en nuestra casa.
Cuando intentaba corregirla, me miraba sorprendida.
Como si sinceramente no entendiera cuál era el problema.
Aquello empezó a preocuparme.
Sofía era inteligente.
Aprendía rápido.
Tenía una memoria extraordinaria.
Pero cada vez mostraba menos empatía.
Un viernes recibí otro informe de la escuela. Había rechazado trabajar con dos compañeros durante una actividad de matemáticas y después había dicho delante de todos que ella no tenía por qué perder el tiempo con personas que no entendían.