—Mira —decía la niña—. Si pasas esto al otro lado, cambia. Después dejas sola la incógnita.
Sofía frunció el ceño.
—¿Así?
—Sí.
Escribió algo.
La niña sonrió.
—Exacto.
Sofía levantó la cabeza sorprendida.
—Eso es mucho más fácil.
Me quedé observándolas desde cierta distancia.
Aquella semana Sofía llevaba varios días quejándose porque no comprendía un tema de matemáticas.
Habíamos contratado clases particulares.
Nada parecía funcionar.
Y ahora una niña que estaba afuera de la escuela se lo acababa de explicar en menos de cinco minutos.
Pero eso no fue lo que más me impresionó.
Lo que me dejó inmóvil fue la actitud de Sofía.
Escuchaba.
Preguntaba.
No interrumpía.
No presumía.
No miraba a aquella niña por encima del hombro.
Por primera vez en mucho tiempo estaba viendo a mi hija tratar a alguien con verdadera admiración.