—¿Quieres que te enseñe otro? —preguntó la niña.
—Sí.
Volvieron a inclinarse sobre el cuaderno.
Después de resolver dos ejercicios, Sofía preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Mariana.
—Yo soy Sofía.
—Ya sé. Escuché cuando tu maestra te llamó hace unos días.
Sofía sonrió.
—Eres muy buena en matemáticas. ¿En qué escuela estás?
La expresión de Mariana cambió.
Bajó la mirada.
—Ahora no estoy estudiando.
Sofía pareció confundida.
—¿Por qué?
Mariana tardó unos segundos en contestar.
—Mi mamá y yo tuvimos que dejar donde vivíamos.
—¿Se cambiaron de casa?
—No exactamente.
Mariana apretó el cuaderno contra el pecho.
—A veces dormimos en el coche. A veces conseguimos un lugar donde pasar la noche. Nos movemos mucho.
Sofía dejó de sonreír.
—¿Y por eso no puedes ir a la escuela?
Mariana asintió.
—Antes sí iba. Me gustaba mucho.