Cada hoja representaba algo que no había vivido: un nacimiento, una fiebre, una primera palabra, un primer día de escuela.
—¿Le respondiste?
Sofía bajó la mirada.
Eso bastó.
Carmen no había guardado silencio. Alguien había hablado en nombre de Alejandro y la había convencido de que él no quería saber nada.
En una carta, Carmen explicaba que los niños se habían adelantado al parto y que, aun así, estaban sanos. En otra había 3 huellas diminutas impresas en tinta azul. Alejandro rozó el papel con los dedos. No conocía sus voces, sus gustos ni sus miedos, pero ya había pruebas de toda una infancia guardada en una carpeta que nunca debió existir.
La rabia le subió desde el estómago.
—Estás fuera de la empresa.
Sofía palideció.
—Todo lo hice por ti.
—No. Lo hiciste porque necesitabas decidir por mí.—¿Qué les dijiste de mí?