Una semana antes de su boda, un empresario buscó por curiosidad el nombre de su exnovia y descubrió que era madre de trillizos de 5 años, justo la edad que encajaba con su ruptura. Mientras él preparaba una boda de lujo, alguien había escondido durante años cartas, fotos y noticias de 3 niños con rasgos demasiado familiares. “Todo lo hice por ti”, dijo la mujer que controlaba su correspondencia; él no discutió: la despidió esa misma noche. Al fondo de la carpeta aún quedaba una ecografía fechada pocas semanas después de la ruptura.

Entonces vio a Carmen.

Caminaba por el sendero con 3 niños.

Alejandro se quedó inmóvil.

El parecido no era una sospecha. Era una evidencia brutal. Los 3 tenían su cabello oscuro, sus cejas marcadas y aquella manera de fruncir el entrecejo cuando observaban algo con atención.

Carmen se detuvo frente a él.

—Ellos son Mateo, Diego y Emiliano.

Alejandro se agachó para quedar a su altura.

Mateo, serio y observador, extendió la mano.

—Mamá dice que trabajas con computadoras.

—Es verdad.

Diego dio un paso adelante.

—¿Tienes robots?

Alejandro soltó una risa nerviosa.

—Algunos.

Emiliano no preguntó nada. Permaneció cerca de Carmen, mirando a Alejandro con cautela.

Durante varios minutos caminaron alrededor del lago. Alejandro respondió preguntas sobre tecnología, edificios y viajes. Evitó promesas exageradas. No sabía todavía cómo ser padre y no quería actuar como si pudiera recuperar 5 años en una tarde.Fue Mateo quien hizo la pregunta inevitable.

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