También había vendido ganado.
Finalmente había hipotecado una sección de La Esperanza.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Facundo miró sus manos.
—Cuatro meses.
Camilo dejó escapar lentamente el aire.
—Entonces no tenemos tiempo para trabajar despacio.
Desde aquel momento comenzó una carrera contra el calendario.
Camilo despertaba cuando todavía había estrellas.
Alimentaba los animales antes del amanecer.
Después trabajaba los campos hasta que el calor parecía quemarle los pulmones.
Por la tarde reparaba herramientas.
Por la noche revisaba cuentas junto a Facundo.
El anciano odiaba los números.
—La tierra no debería necesitar tantas cuentas.
—La tierra quizá no.
Camilo señalaba las hojas.
—El banco sí.
Encontraron maneras de reducir gastos.
Vendieron madera caída.
Camilo reparó personalmente el sistema de riego en lugar de contratar trabajadores.
También comenzó a llevar productos al mercado semanal del pueblo.
La primera mañana apenas vendieron tres cajas de tomates.