—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

—Guárdelo.

—Es suyo.

—No.

Facundo negó lentamente.

—Es nuestro.

Camilo sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

Pero esta vez no era dolor.

Era pertenencia.

Pasaron los meses.

La siguiente cosecha fue la mejor que La Esperanza había tenido en quince años.

Contrataron cuatro trabajadores.

Después seis.

Repararon el establo.

Compraron nuevamente maquinaria.

El ganado recuperó peso.

El becerro que Camilo había salvado se convirtió en un animal fuerte al que Facundo llamó Renacer.

Elena comenzó a visitar cada semana.

Con el tiempo decidió regresar definitivamente al pueblo.

Utilizó sus conocimientos de administración para organizar las cuentas de La Esperanza.

Facundo protestaba.

Camilo se burlaba.

—Los hombres fuertes no necesitan cambios, ¿verdad?

Facundo le lanzaba alguna servilleta.

—Cállese y trabaje.

Dos años después, durante una tarde de septiembre, Camilo estaba reparando una puerta cuando Facundo lo llamó.

El anciano estaba debajo del gran árbol frente a la casa.

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