—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

Cuando todos comenzaron a marcharse, Camilo permaneció algunos minutos más.

Llevaba puesto el sombrero de Gabriel.

—Cumplimos, don.

El viento recorrió los campos.

A lo lejos se escuchaban las vacas.

El depósito seguía lleno.

El maíz se movía bajo la luz dorada de la tarde.

Camilo sonrió.

Había llegado años atrás con un azadón viejo, una mochila rota y ninguna dirección hacia donde regresar.

Solo había pedido comida.

Un rincón donde dormir.

Una oportunidad de demostrar que sus manos todavía podían construir algo.

Había encontrado mucho más.

Encontró un hombre que había perdido un hijo y olvidado cómo permitir que alguien volviera a acercarse.

Encontró una finca moribunda que solo necesitaba agua, trabajo y personas dispuestas a creer que todavía podía levantarse.

Y, sin buscarlo, encontró una familia.

Años después, cuando algún trabajador nuevo preguntaba por qué la propiedad se llamaba La Esperanza, Camilo siempre respondía lo mismo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *