Camilo miró el viejo sombrero extendido frente a él, todavía respirando con dificultad después de salvar al becerro.
No entendía por qué don Facundo lo sostenía con ambas manos, como si aquel objeto pesara más que una piedra.
—Tómelo —dijo el anciano, sin levantar completamente la mirada hacia el muchacho cubierto de barro y sangre del parto.
Camilo se limpió las manos contra el pantalón, pero no se atrevió a acercarse ni un solo paso.
—No puedo, don Facundo. Parece importante.
El anciano soltó una risa pequeña, amarga, casi irreconocible entre los sonidos tranquilos de la vaca y su cría.
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—Era de mi hijo.
Camilo dejó de respirar durante un instante.
Facundo acarició lentamente el borde roto del sombrero.
—Se llamaba Gabriel.
La voz del viejo cambió al pronunciar aquel nombre, como si once años desaparecieran dentro de aquellas siete letras.
—Tenía veintiocho años cuando murió.
Camilo bajó la cabeza.
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Ahora comprendía por qué Facundo había reaccionado cuando él juró por la memoria de su madre.
—Lo siento mucho.
—No diga eso todavía.
Facundo levantó los ojos.
—Primero escuche lo que pasó.
Camilo permaneció en silencio.
El becerro intentaba ponerse de pie mientras su madre continuaba lamiéndolo con movimientos lentos y protectores.
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—Gabriel quería modernizar esta finca —continuó Facundo—. Yo decía que un Ríos cultivaba igual que su abuelo.
El anciano apretó el sombrero.
—Mi hijo decía que los tiempos cambiaban.
Una sombra cruzó su rostro.
—Yo le respondía que los hombres fuertes no necesitaban cambios.
Camilo reconoció algo en aquellas palabras.
No orgullo solamente.
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Culpa.
—Una noche discutimos —dijo Facundo—. Fue la peor discusión que tuvimos en toda nuestra vida.
Gabriel quería vender veinte hectáreas improductivas para comprar maquinaria nueva, reparar pozos y mejorar el ganado.
Facundo se negó.
Le dijo que mientras él estuviera vivo, nadie vendería ni un puñado de tierra perteneciente a sus antepasados.
—Gabriel golpeó la mesa.
El anciano respiró profundamente.
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—Después dijo que algún día esta finca moriría conmigo.
Camilo sintió un escalofrío.
Facundo miró hacia las montañas.
—Le dije que si pensaba así podía marcharse.
Aquellas palabras permanecieron suspendidas entre los dos hombres.
—Y se marchó.
Gabriel tomó su caballo aquella misma noche y cabalgó hacia el pueblo bajo una tormenta terrible.
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