Nunca llegó.
El caballo regresó solo durante la madrugada.
Encontraron a Gabriel en el fondo de un barranco después de buscarlo durante casi seis horas.
Facundo fue personalmente a reconocer el cuerpo de su único hijo.
El sombrero apareció varios metros más arriba, atrapado entre las ramas de un arbusto.
Desde entonces, Facundo lo mantenía siempre cerca.
—Mi esposa murió tres años después —continuó—. Creo que simplemente perdió las ganas de quedarse conmigo.
Advertisement
Camilo quiso decir algo.
No encontró palabras capaces de entrar en un dolor tan antiguo.
Facundo extendió nuevamente el sombrero.
—Gabriel habría salvado ese becerro igual que usted.
Esta vez Camilo aceptó el objeto.
Lo sostuvo con cuidado.
El sombrero tenía agujeros pequeños, manchas antiguas y una cinta marrón casi completamente desteñida.
Advertisement
—No puedo reemplazarlo —dijo Camilo.
—No le estoy pidiendo que lo reemplace.
Facundo señaló la finca.
—Le estoy pidiendo que me ayude a evitar que todo esto muera también.
Camilo observó los potreros secos.
Miró las cercas torcidas, los techos deteriorados, los cultivos ahogados por maleza y los animales demasiado delgados.
Después miró al anciano.
Advertisement
—Entonces tendremos que trabajar mucho.
Por primera vez desde que Camilo había llegado, Facundo sonrió verdaderamente.
—Supongo que sabe cocinar.
Camilo sonrió también.
—Eso sí puede ser un problema.
Aquella mañana comenzó una alianza que ninguno de los dos hombres imaginaba necesitar.
Camilo recibió una habitación pequeña junto al establo, donde todavía quedaban muebles pertenecientes a antiguos trabajadores de la finca.
Advertisement
Tenía una cama sencilla, una mesa coja y una ventana orientada hacia los campos orientales.
Para Camilo parecía un palacio.
Durante meses había dormido bajo árboles, en estaciones abandonadas y dentro de graneros que no le pertenecían.
Aquella primera noche encontró sobre la mesa un plato cubierto con una servilleta.
Debajo había arroz, frijoles, carne guisada y dos tortillas calientes.
No preguntó quién lo había dejado.
Comió lentamente.
Cuando terminó, lloró en silencio durante varios minutos.
A la mañana siguiente se levantó antes que el sol.
Encontró a Facundo esperándolo en el corredor.
—Pensé que los jóvenes dormían hasta tarde.
—Pensé que los viejos también.
Facundo frunció el ceño.
Después ambos comenzaron a reír.
La primera tarea fue reparar completamente el corral.