—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

Camilo necesitó cuatro días para reemplazar postes, tensar alambres y reforzar las entradas con madera recuperada.

Facundo observaba cada movimiento desde su silla.

Criticaba casi todo.

—Ese poste está torcido.

—No está torcido.

—Tengo setenta y cuatro años, pero todavía veo.

Camilo colocaba el nivel sobre la madera.

—Está perfectamente derecho.

—Entonces el suelo está torcido.

Así transcurrieron las semanas.

Discutían constantemente.

Sin embargo, cada noche Facundo dejaba comida sobre la mesa de Camilo.

Y cada amanecer Camilo empujaba la silla del anciano hacia los campos para preguntarle qué debía hacerse primero.

Comenzaron por el agua.

Dos de los antiguos canales estaban completamente bloqueados.

Un tercer canal había desaparecido bajo años de piedras, ramas y sedimentos.

Camilo trabajó seis días limpiándolo.

Cuando finalmente abrió la compuerta, el agua avanzó lentamente por la zanja recuperada.

Facundo la observó acercarse al sembradío.

Sus ojos brillaron.

—Gabriel construyó ese canal.

Camilo no respondió.

Había aprendido que algunos recuerdos necesitaban silencio.

Durante el segundo mes plantaron nuevas hileras de maíz.

También sembraron frijol, calabaza y una pequeña parcela de tomates junto a la casa.

Facundo conocía aquella tierra mejor que cualquier mapa.

Sabía dónde retenía humedad.

Sabía dónde aparecían hongos después de lluvias largas.

Incluso recordaba cuáles árboles de mango habían producido frutas más dulces treinta años atrás.

Camilo tenía fuerza.

Facundo tenía memoria.

Juntos comenzaron a devolverle forma a La Esperanza.

Pero los problemas no tardaron en aparecer.

Una tarde llegó una camioneta negra.

De ella bajó un hombre corpulento, vestido con camisa blanca, botas impecables y un reloj demasiado brillante.

Se llamaba Lorenzo Barragán.

Camilo estaba reparando un tractor viejo cuando lo vio caminar directamente hacia Facundo.

—Don Facundo.

El anciano no respondió al saludo.

Lorenzo sonrió.

—Veo que consiguió empleado nuevo.

—Veo que usted sigue viniendo sin invitación.

La sonrisa desapareció del visitante.

Camilo dejó la herramienta sobre el suelo.

—Solo vine a hablar de negocios.

—Ya hablamos.

—Eso fue hace meses.

Lorenzo sacó unos papeles de una carpeta.

—Mi oferta sigue en pie.

Facundo ni siquiera miró los documentos.

—Mi respuesta también.

Camilo sintió inmediatamente la tensión.

Lorenzo quería comprar La Esperanza.

Había adquirido varias propiedades vecinas durante los últimos cinco años para desarrollar plantaciones industriales.

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