—Usted perdió a su hijo. Yo perdí a mis padres. Déjeme trabajar sus tierras.-lbsuong

Elena negó.

—Mi abuelo no aceptará.

Camilo sabía que tenía razón.

—Dice que sería robarle el dinero de Gabriel por segunda vez.

Elena miró hacia la casa.

—Necesito que me ayude a convencerlo.

Camilo pensó durante unos segundos.

—No.

Ella frunció el ceño.

—¿No?

—Si lo obligamos, sentirá que perdió.

Camilo miró los campos.

—Tenemos que conseguir que La Esperanza salve a La Esperanza.

La oportunidad apareció dos días después.

Un chef de la ciudad llamó.

Había probado los tomates de Camilo.

Administraba varios restaurantes y buscaba proveedores pequeños con productos frescos.

Quería visitar la finca.

Camilo casi dejó caer el teléfono.

El chef llegó acompañado por dos compradores.

Recorrieron los cultivos.

Probaron productos.

Examinaron el ganado.

Finalmente ofrecieron un contrato anual.

La cantidad del primer pago cubría casi toda la diferencia.

Todavía faltaban cuatro mil.

Quedaban cinco días.

Camilo comenzó a vender absolutamente todo lo disponible.

Incluso llevó productos casa por casa.

El pueblo respondió.

Personas que apenas conocían a Facundo compraron bolsas enteras de maíz.

La escuela local organizó una pequeña feria.

Una mujer compró doce calabazas aunque admitió que no sabía cocinar ninguna.

Un mecánico pagó el doble por tres cajas de tomates.

—Considérelo interés por tantos años de comida buena.

La última noche hicieron cuentas.

Faltaban setecientos treinta dólares.

Facundo observó el número.

—Perdimos.

Camilo negó.

—Todavía tenemos hasta mañana.

A las ocho de la mañana debían pagar.

Camilo estaba dispuesto a vender su mochila, sus botas y hasta el viejo reloj de su padre.

Entonces Elena entró.

Colocó una pequeña caja sobre la mesa.

Dentro había varios sobres.

—¿Qué es esto? —preguntó Facundo.

—Ábralos.

Había dinero.

Billetes pequeños.

Monedas.

También notas escritas a mano.

“Por Gabriel.”

“Por los tomates de La Esperanza.”

“Por los años que don Facundo ayudó a nuestra familia.”

“Para que la finca siga siendo del pueblo.”

Elena sonrió.

—Los vecinos reunieron ochocientos doce.

Facundo se cubrió el rostro con ambas manos.

Camilo miró hacia otro lado para esconder sus lágrimas.

A la mañana siguiente llegaron al banco.

Facundo llevaba el sombrero de Gabriel sobre las rodillas.

Camilo empujaba su silla.

Elena caminaba junto a ellos.

Pagaron la deuda.

Cuando el empleado estampó el recibo, Facundo permaneció mirando aquel papel durante varios segundos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *