Después se lo entregó a Camilo.
—Guárdelo.
—Es suyo.
—No.
Facundo negó lentamente.
—Es nuestro.
Camilo sintió que algo se rompía dentro de su pecho.
Pero esta vez no era dolor.
Era pertenencia.
Pasaron los meses.
La siguiente cosecha fue la mejor que La Esperanza había tenido en quince años.
Contrataron cuatro trabajadores.
Después seis.
Repararon el establo.
Compraron nuevamente maquinaria.
El ganado recuperó peso.
El becerro que Camilo había salvado se convirtió en un animal fuerte al que Facundo llamó Renacer.
Elena comenzó a visitar cada semana.
Con el tiempo decidió regresar definitivamente al pueblo.
Utilizó sus conocimientos de administración para organizar las cuentas de La Esperanza.
Facundo protestaba.
Camilo se burlaba.
—Los hombres fuertes no necesitan cambios, ¿verdad?
Facundo le lanzaba alguna servilleta.
—Cállese y trabaje.
Dos años después, durante una tarde de septiembre, Camilo estaba reparando una puerta cuando Facundo lo llamó.
El anciano estaba debajo del gran árbol frente a la casa.
Sobre sus rodillas descansaba el sombrero de Gabriel.
Camilo se acercó.
—¿Qué rompió ahora?
—Mi paciencia.
Camilo sonrió.
—Eso nunca estuvo entero.
Facundo soltó una carcajada.
Después se quedó serio.
—Siéntese.
Camilo obedeció.
Facundo sacó unos documentos.
—Quiero cambiar el testamento.
Camilo frunció el ceño.
—Eso debería hablarlo con Elena.
—Ya lo hice.
El anciano colocó los papeles sobre la mesa.
—La mitad de La Esperanza será de ella.
Camilo asintió.
—Eso es justo.
Facundo continuó.
—La otra mitad será suya.
Camilo creyó haber escuchado mal.
—No.
—No era una pregunta.
Camilo se levantó.
—No puedo aceptar eso.
—Claro que puede.
—Llegué aquí sin nada.
—Precisamente.
Facundo señaló los campos verdes.
—Y mire lo que dejó después.
Camilo negó.
—Esto siempre fue suyo.
Facundo tomó el sombrero.
—La tierra nunca pertenece completamente a una persona.
Miró hacia el horizonte.
—Solo somos quienes la cuidamos durante un tiempo.
Camilo sintió nuevamente aquel nudo en la garganta.
Facundo le extendió el sombrero.
La misma escena de aquella mañana regresó a su memoria.
El becerro.
El barro.
Las lágrimas del viejo.
—Gabriel habría querido que alguien como usted continuara cuidando este lugar.
Camilo recibió el sombrero.
Esta vez no dudó.
—Entonces seguiré haciéndolo.
Facundo sonrió.
—Eso esperaba escuchar.
Tres años después de aquella conversación, don Facundo murió tranquilamente mientras dormía.
Tenía el rostro sereno.