Vi a mi esposo inclinarse hacia mi cuñada, pelarle los camarones y decirle: “Cómetelos antes de que se enfríen”. Yo dejé los cubiertos y contesté con calma: “Perfecto, entonces esta noche no necesito fingir nada”. Mi suegra cambió de expresión al instante. No sabía que yo acabaría encontrando dos años de dinero oculto… ni quién regresaría justo el sábado siguiente.

—¿Él te la regaló?

—Alejandro…

—Te hice una pregunta.

—Sí.

La voz fue apenas audible.

Rodrigo se puso de pie.

—No pasó nada entre nosotros.

Alejandro levantó una mano.

—Todavía no te he preguntado nada.

Teresa intervino.

—Seguro todo se salió de proporción. Rodrigo quiso ayudar…

Alejandro giró hacia su madre.

—¿Tú sabías?

Ella no respondió.

—Mamá, ¿sabías?

—Desde hace unos meses.

Alejandro cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía otro hombre.

Miró a su esposa.

—Nos vamos.

Valeria comenzó a suplicarle que la escuchara.

Él no gritó.

Sólo tomó las llaves de su automóvil, esperó a que ella recogiera a Camila y salió.

Antes de cerrar la puerta me miró.

—Gracias por decírmelo.

No sentí satisfacción.

Sólo tristeza.

Cuando la puerta se cerró, quedamos Teresa, Rodrigo y yo.

Mi esposo se sentó lentamente.

—¿Era necesario hacer eso delante de todos?

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