Vi a mi esposo inclinarse hacia mi cuñada, pelarle los camarones y decirle: “Cómetelos antes de que se enfríen”. Yo dejé los cubiertos y contesté con calma: “Perfecto, entonces esta noche no necesito fingir nada”. Mi suegra cambió de expresión al instante. No sabía que yo acabaría encontrando dos años de dinero oculto… ni quién regresaría justo el sábado siguiente.

Lo miré incrédula.

Incluso después de todo, seguía pensando primero en la vergüenza.

—Sí.

—Podíamos hablarlo tú y yo.

—Te pregunté varias veces si tenías algo que decirme.

Rodrigo se pasó ambas manos por el rostro.

—Mariana, te juro que Valeria y yo nunca…

—Ya no importa.

Levantó la cabeza.

—¿Cómo que no importa?

Saqué el segundo juego de documentos.

—Quiero divorciarme.

Teresa se llevó una mano al pecho.

—No digas tonterías.

—No es una tontería.

Rodrigo se quedó mirando las hojas.

—¿Desde cuándo tienes esto?

—Desde que entendí que mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, tú estabas ocupado protegiendo tus secretos.

—Puedo dejar de hablar con ella.

—Puedes.

—Ya no le voy a transferir un peso.

—Está bien.

—Te doy acceso a mi teléfono. Cambio lo que quieras.

Por primera vez aquella noche sonreí.

—Rodrigo, no quiero convertirme en la policía de mi esposo. No quiero revisar dónde estás, con quién hablas o qué compras. Quería un compañero en quien confiar. Ese hombre ya no existe para mí.

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