Apagué el teléfono, pagué la habitación y fui a casa de mis padres.
Mi mamá abrió la puerta.
—¿Qué pasó?
—¿Puedo quedarme unos días?
No preguntó más.
Me abrazó y dijo:
—Tu cuarto sigue siendo tuyo.
Fue la primera vez que lloré.
No lloré por perder a Rodrigo.
Lloré porque durante años me había esforzado tanto por ser aceptada en otra familia que había olvidado lo sencillo que era sentirse querida sin tener que ganárselo.
Los días siguientes fueron tranquilos.
Natalia inició el proceso legal.
Rodrigo se negó al principio.
Después comenzó a mandar mensajes.
Primero fueron disculpas.
Luego promesas.
Finalmente recuerdos.
“¿Te acuerdas de nuestro primer viaje?”
“¿Te acuerdas cuando dijimos que envejeceríamos juntos?”
Sí.
Me acordaba.
También recordaba estar enferma y aun así cocinar para su familia porque Teresa había dicho que “una nuera responsable no deja sola a su suegra”.