—Cometí un error.
—No fue un error.
Señalé los estados de cuenta.
—Esto son casi dos años de decisiones.
Teresa comenzó a llorar.
—Mariana, una familia no puede acabarse así.
Me volví hacia ella.
—No se acabó hoy. Hoy sólo dejamos de fingir que seguía entera.
Tomé mi bolsa.
Rodrigo se levantó.
—No te vayas.
—Esta casa dejó de ser mi hogar hace tiempo. Yo apenas me di cuenta.
Esa noche dormí en un hotel pequeño cerca del centro de Guadalajara.
Rodrigo me llamó tres veces.
No contesté.
Después llegó un mensaje.
“Perdóname. Dime dónde estás.”
No respondí.
A la mañana siguiente había mensajes de Teresa.
“Ven. Podemos arreglarlo.”
“Rodrigo no durmió.”
“Piensa bien antes de destruir tres años de matrimonio.”
Leí esa última frase varias veces.
Me sorprendió que todavía creyera que quien estaba destruyendo el matrimonio era yo.