Se quedó callado.
Después dijo algo que habría deseado escuchar meses antes.
—Debí haber puesto límites.
—Sí.
—Al principio sólo quería ayudarla. Alejandro viajaba, Camila era pequeña… luego ella empezó a contarme sus problemas. Yo me sentía necesario.
—Mientras conmigo dejaste de estar presente.
Asintió.
—Creo que me acostumbré a que tú siempre estuvieras ahí.
Aquello fue probablemente lo más sincero que me había dicho.
No porque justificara nada, sino porque explicaba mucho.
Yo era la esposa que resolvía todo.
La que trabajaba.
La que cocinaba.
La que cuidaba a su madre.
La que no reclamaba.
La que siempre iba a estar.
Y precisamente porque pensó que nunca me perdería, dejó de cuidarme.
—Quiero intentarlo otra vez —dijo.
Negué con la cabeza.
—No.
—Puedo cambiar.
—Espero que lo hagas.
Pareció sorprendido.
—Entonces dame una oportunidad.
—Cambiar no debería ser una condición para recuperarme. Hazlo por ti, por la próxima persona que tengas a tu lado, por tu familia. Pero yo no necesito quedarme para comprobarlo.