Sus ojos se humedecieron.
—¿Ya no me amas?
Pensé antes de contestar.
—No te odio. Eso es distinto.
—Entonces todavía podríamos…
—No.
Mi voz no fue fuerte.
No necesitó serlo.
—Yo no quiero volver a ser la mujer que era contigo. Esa mujer aguantaba demasiado porque tenía miedo de perder una familia. Ahora sé que perderme a mí misma era mucho peor.
Rodrigo bajó la mirada.
Después de unos segundos susurró:
—Entiendo.
Me levanté.
Esta vez no me siguió.
El divorcio quedó resuelto meses después.
No hubo una gran escena final.
No hubo gritos.
No hubo venganza.
Sólo firmas, cuentas separadas y una vida que lentamente volvió a pertenecerme.
Empecé a salir otra vez con amigas que había dejado de ver.
Me inscribí en un pequeño curso de cocina los miércoles por la tarde.
Mi mamá se burló.
—¿Después de cocinar tanto para esa familia todavía quieres cocinar?