Me reí.
—Ahora cocino porque yo quiero.
Y esa diferencia lo cambiaba todo.
Una tarde, durante el curso, la maestra puso sobre nuestra mesa una charola de camarones.
Me quedé observándolos.
Una compañera se rio.
—¿No te gustan?
Tomé uno.
—Sí me gustan.
Lo limpié despacio y lo puse en mi propio plato.
Por alguna razón, aquel gesto tan pequeño me hizo sonreír.
Durante años pensé que amar significaba dar primero, servir primero, comprender primero y callar primero.
Ahora sabía que una relación no se rompe porque una persona empiece a poner límites.
Muchas veces se rompe mucho antes, cuando todos se acostumbran a que sólo una persona sea la que ceda.
Yo no dejé mi matrimonio por cuatro camarones.
Me fui por todas las veces que esos cuatro camarones se habían repetido con otro nombre: dinero, silencios, secretos, favoritismos, desprecios pequeños y esa frase que escuché demasiadas veces: