Y había algo todavía más grave: el padre había impedido físicamente salir de casa a la abuela que cuidaba de los menores y había dejado marcas en su cuerpo.
La abogada aconsejó a Lucía no usar a los niños como arma, pero también protegerlos de cualquier ambiente intimidatorio mientras se aclaraban los hechos.
Lucía aceptó.
No quería vencer a Álvaro.
Quería que dejara de controlar la habitación cada vez que alguien decía «no».
Aquella tarde volvió al antiguo adosado acompañada por su abogada y una persona de confianza. Solo iba a recoger ropa, documentos y los juguetes favoritos de los gemelos.
Mercedes estaba allí.
—¿De verdad vas a tirar 9 años de matrimonio por un malentendido?
Lucía dobló un pijama de Alba.
—No. Se rompió cuando mi madre tuvo que pedir permiso para salir de mi propia casa.