Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

—Álvaro perdió los nervios.

—Perder los nervios no es sujetar a una mujer de 68 años hasta dejarle 4 marcas y luego usar a sus nietos para asustarla.

Mercedes bajó la voz.

—Tu madre te está manipulando.

Lucía la miró.

—Eso mismo intentasteis decir de ella hace 3 años.

Mercedes no respondió.

Esa noche, Carmen pidió bajar al sótano.

Se quedó en medio de la estancia, mirando las estanterías y la mesa donde Rafael había preparado durante años aquella defensa silenciosa.

—Tu padre hacía las cosas a escondidas cuando tenía miedo de preocuparme —dijo.

—Eso tampoco era justo contigo.

—No. Pero ya no puedo discutir con él.

Se sentó.

—Hay algo que sí puedes discutir conmigo.

—¿Qué?

—No vuelvas a decidir por mí solo porque quieras protegerme.

Lucía tragó saliva.

—De acuerdo.

—Si quiero denunciar, me acompañas. Si quiero vender mi piso, me ayudas. Si quiero quedarme con mi dinero, es mío. Y si quiero seguir cuidando a Mateo y Alba algunos días, no vas a tratarme como una anciana inútil.

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