Lucía soltó una risa entre lágrimas.
—Eso último nunca.
—Más te vale.
Fue la primera vez en 2 días que Carmen sonrió de verdad.
Durante esos días, Lucía también empezó a descubrir hasta qué punto Carmen había normalizado pequeñas humillaciones. Mercedes le había retirado el mando de la televisión porque «los niños necesitaban silencio», había escondido sus analgésicos en un cajón alto y le había repetido que, mientras viviera bajo aquel techo, debía ser útil. Carmen contaba cada episodio sin dramatismo, como si necesitara convencer a su propia hija de que podía soportarlo.
Eso fue lo que más enfureció a Lucía.
No porque su madre hubiera callado, sino porque alguien había conseguido que una mujer que había trabajado 40 años, criado una hija y acompañado a un marido enfermo pensara que pedir descanso era egoísmo.