Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

Entonces encontró una última nota fechada 5 días antes de que Rafael ingresara en el hospital.

«Si llegan a hacer daño a Carmen, hay algo que ella todavía no sabe. Está en la caja azul.»

Lucía levantó la tapa de la caja indicada.

Dentro había una copia notarial, fotografías y un documento que hizo que tuviera que sentarse.

No era una herencia.

No era una deuda.

Era una declaración firmada por Rafael sobre una reunión privada con Álvaro y Mercedes.

Y en la primera línea aparecía una frase devastadora:

«Me han pedido que declare a Carmen incapaz para administrar sus bienes.»

PARTE 3

Lucía leyó aquella frase 3 veces.

Su madre no tenía una fortuna escondida. Tenía el piso en el que había vivido con Rafael durante 38 años, una pequeña cartera de ahorro y una pensión digna. Pero, sobre todo, tenía algo que Álvaro y Mercedes parecían necesitar quitarle: autonomía.

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