Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

Lucía presionó 2 tornillos ocultos.

La pieza cedió.

Dentro había una llave pequeña, un sobre con su nombre y una tarjeta de un notario de Madrid.

El sobre decía:

«Si has abierto esto porque tu madre está herida, no intentes ganar una discusión. Busca pruebas. Protege primero.»

La llave abría la puerta del sótano.

Bajó sola.

No encontró dinero ni joyas. Encontró una mesa, varias cajas, copias de escrituras, recibos de reformas y una carpeta gris con fechas.

En la primera hoja reconoció la letra de su padre.

«Álvaro pregunta qué heredará Lucía si yo falto.»

En otra:

«Mercedes insiste en que la casa contigua debería ponerse a nombre del matrimonio.»

Y debajo, subrayado 2 veces:

«No confío en que estén pensando en Lucía. Preguntan demasiado por lo que ella posee y demasiado poco por cómo está Carmen.»

Lucía sintió que el aire desaparecía.

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