Volví 3 horas antes y encontré a mi madre de 68 años de rodillas fregando el baño, mientras mi marido y mi suegra veían tranquilamente la televisión. Al ver 4 moratones en su muñeca, mi suegra soltó: «Está viviendo aquí gratis». No discutí: cogí a mis hijos, bloqueé las tarjetas y abrí la casa contigua. Entonces ella palideció al ver las ventanas del sótano.

Álvaro y Mercedes seguían fuera.

—Abre —dijo él—. Tenemos que hablar como adultos.

Lucía no abrió.

—Mi madre va a hablar primero.

Carmen estaba de pie junto a la cocina. Parecía más pequeña de lo habitual, pero su voz salió firme.

—Ayer quise ir a la farmacia.

Álvaro cerró los ojos.

—Carmen…

—No. Ahora hablo yo.

Mateo y Alba estaban arriba viendo dibujos, lejos de aquella conversación.

—Le dije a Mercedes que necesitaba mi medicación para las manos. Me dijo que terminara antes la limpieza. Yo cogí el bolso. Álvaro se puso delante de la puerta. Cuando intenté pasar, me sujetó de la muñeca.

Lucía miró las 4 marcas.

—¿Y el golpe de la cara?

Carmen tardó en responder.

—No me pegó.

Mercedes soltó el aire demasiado pronto.

—¿Ves? Se cayó.

Carmen la miró.

—Me soltó de golpe. Perdí el equilibrio y choqué contra el marco.

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