Cuando me vio, no corrió a abrazarme.
Se quedó paralizada, como si la hubiera cachado haciendo algo prohibido.
—Mamá —susurró—, no tenías que venir hoy.
No lo dijo con sorpresa.
Lo dijo con miedo.
Con ese miedo que te aprieta el estómago.
Detrás de ella había seis pares de zapatos más, formados en fila, esperando turno.
Botas de charol, tenis caros, botines de mi hermana.
Y recargado contra la puerta, donde se colaba el aire helado de diciembre, vi algo que me rompió por dentro.
Un cojín amarillo con una S bordada a mano.
Se lo había hecho yo para su cumpleaños número diez.
Era su almohada para dormir, la que metió en su maletita diciéndome:
—Para que huela a nuestra casita mientras no estás.
Ahora estaba ahí, todo sucio y aplastado, sirviendo para que no entrara el viento.