—Perdóname, mija —le dijo a Sofía, no a mí—. Perdóname por no tener el valor de defenderte. Yo le decía a tu abuela que no estaba bien, pero me decía que me callara, que tú eras la que había abandonado a tu hija. Yo fui el que le pasó tu número a don Chuy. Yo fui el que le dijo a la maestra que te buscara. Yo ya no podía dormir de la culpa.
Esa era la verdad que ellos ignoraban.
Quien me había enviado realmente no había sido solo don Chuy.
Había sido mi propio padre.
El hombre que todos creíamos indiferente, que se quedaba callado, era el que llevaba semanas juntando pruebas a escondidas.
La licenciada no se llevó a Sofía a la fuerza.
No hizo falta.
Me miró y me dijo:
—Valeria, ¿tienes a dónde llevarte a tu hija esta noche?