Volví a casa en nochebuena sin avisar y encontré a mi hija de 10 años de rodillas, boleando botas ajenas. mi hermana se burló: “es nuestra sirvienta, primero comen las visitas”. Había 9 platos en la mesa… Ninguno era para ella. lo que hice después y quién me había mandado llamar dejó a todos helados.

—Sí —le dije—. Nos vamos a ir a nuestra casa. A nuestra casita de verdad, aunque sea chiquita, aunque sea rentada en Oaxaca. Pero donde ella tenga su cama, su cojín amarillo y su lugar en la mesa sin tener que pedir permiso.

Recogí el cojín amarillo de la puerta, sacudí el lodo de las bolsas de basura donde estaba la ropa de Sofía y tomé su mochila.

Mi mamá intentó detenerme en la puerta.

—Valeria, no puedes hacerme esto en Navidad, frente a mis invitados. ¿Qué va a decir la gente? ¡Soy tu madre!

Me volteé por última vez.

—La gente va a decir la verdad, mamá. Que dejaste a tu nieta de diez años de rodillas boleando botas mientras ustedes comían pavo. Que le quitaste su cuarto y la mandaste a dormir al cuarto de lavado. Que te deposité casi setenta mil pesos en cuatro meses y mi hija no tiene ni para unos tenis. Eso va a decir la gente. Y va a tener razón.

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