—Sí —le dije—. Nos vamos a ir a nuestra casa. A nuestra casita de verdad, aunque sea chiquita, aunque sea rentada en Oaxaca. Pero donde ella tenga su cama, su cojín amarillo y su lugar en la mesa sin tener que pedir permiso.
Recogí el cojín amarillo de la puerta, sacudí el lodo de las bolsas de basura donde estaba la ropa de Sofía y tomé su mochila.
Mi mamá intentó detenerme en la puerta.
—Valeria, no puedes hacerme esto en Navidad, frente a mis invitados. ¿Qué va a decir la gente? ¡Soy tu madre!
Me volteé por última vez.
—La gente va a decir la verdad, mamá. Que dejaste a tu nieta de diez años de rodillas boleando botas mientras ustedes comían pavo. Que le quitaste su cuarto y la mandaste a dormir al cuarto de lavado. Que te deposité casi setenta mil pesos en cuatro meses y mi hija no tiene ni para unos tenis. Eso va a decir la gente. Y va a tener razón.