Salimos.
Afuera, don Chuy ya le tenía a Sofía una bolsita de tamales de rajas y un atole calientito.
—Para el camino, mi niña —le dijo.
Nos subimos al taxi que la licenciada había pedido.
Sofía se recargó en mi hombro y, por primera vez en toda la noche, lloró.
Pero no de miedo.
Lloró como lloran los niños cuando por fin se sienten a salvo.
En el camino, me abrazó fuerte y me dijo:
—Mami, ¿ya puedo volver a ser tu hija y no tu sirvienta?
La abracé tan fuerte que sentí que le regresaba el alma al cuerpo.
—No, mi amor. Tú nunca dejaste de ser mi hija. Fueron ellos los que olvidaron cómo ser familia.
Esa Nochebuena no cenamos pavo en una mesa grande.
Cenamos tamales recalentados en la central de autobuses, las dos solitas, con su cojín amarillo en las piernas.