Ni un abrazo, ni un cómo te fue en el camión de seis horas desde Oaxaca, ni un cómo sigue tu abuela.
Nada.
Solo miró por encima de mi hombro, molesta, porque yo había interrumpido el trabajo de una niña de diez años.
Mi hija, Sofía, estaba de rodillas sobre el piso helado del recibidor.
Traía un trapo gris, ya negro de lodo, y le tallaba las botas embarradas a un señor que yo no conocía.
Tenía los nudillos partidos por el frío, las mangas de su suetercito todas mojadas y un mechón pegado a la frente por el sudor.
Cuando me vio, no corrió a abrazarme.
Se quedó paralizada, como si la hubiera cachado haciendo algo prohibido.
—Mamá —susurró—, no tenías que venir hoy.
No lo dijo con sorpresa.
Lo dijo con miedo.
Con ese miedo que te aprieta el estómago.