Detrás de ella había seis pares de zapatos más, formados en fila, esperando turno.
Botas de charol, tenis caros, botines de mi hermana.
Y recargado contra la puerta, donde se colaba el aire helado de diciembre, vi algo que me rompió por dentro.
Un cojín amarillo con una S bordada a mano.
Se lo había hecho yo para su cumpleaños número diez.
Era su almohada para dormir, la que metió en su maletita diciéndome:
—Para que huela a nuestra casita mientras no estás.
Ahora estaba ahí, todo sucio y aplastado, sirviendo para que no entrara el viento.
Desde el comedor llegaba el olor a pavo, a romeritos, a ponche hirviendo.
Se escuchaban las risas, el chocar de copas y José José de fondo.
Mi hermana Karla me vio en el pasillo y levantó su copa de vino tinto como si brindara por mi aparición.