Desde el comedor llegaba el olor a pavo, a romeritos, a ponche hirviendo.
Se escuchaban las risas, el chocar de copas y José José de fondo.
Mi hermana Karla me vio en el pasillo y levantó su copa de vino tinto como si brindara por mi aparición.
—¡Miren quién llegó! ¡La fugitiva! No le hagan caso a Sofi, es nuestra Cenicienta de la casa —gritó riéndose—. ¡Primero comen las visitas y al último los criados!
Un señor que no conocía soltó una risita incómoda.
Mi mamá, doña Carmen, se rio con orgullo.
Mi papá, don Rogelio, no levantó la vista del plato.
Había nueve personas sentadas a la mesa larga.
Nueve platos de talavera servidos hasta el tope, nueve copas, nueve sillas.
Ni un cubierto extra.
Ni una silla para mi hija.
Volteé a la cocina.
Sobre un banquito de plástico, junto al fregadero lleno de trastes sucios, había un plato tapado con aluminio.