Volví de Dubái un mes antes y mi cuñado me abrió la puerta de la casa que compré para mi madre, mientras ella fregaba de rodillas el patio. Él bebía whisky y soltó: «Si vienes a limpiar, entra por detrás». No discutí: llamé a mi abogado y puse los extractos sobre la mesa. Entonces encontré un recibo de farmacia rechazado… y un cargo de 1.180 euros solo 2 horas después.

Durante 2 años, Carmen había dormido en el cuarto pequeño junto al garaje mientras Laura y Álvaro ocupaban el dormitorio principal.

Ahora la puerta estaba abierta.

Carmen se quedó mirándolo desde el pasillo.

—Puedes elegir cualquier habitación —dijo Natalia—. No tienes que dormir aquí si no quieres.

Su madre pasó los dedos por el marco.

—Quiero esta.

—Entonces esta es la tuya.

Carmen la miró.

—¿De verdad?

La pregunta dolió más que cualquier frase de Álvaro.

—Mamá, siempre fue la tuya.

Ese día movieron ropa, cambiaron sábanas y abrieron todas las ventanas. Carmen eligió unas cortinas más oscuras porque decía que las antiguas dejaban entrar demasiado sol. Natalia protestó de broma. Carmen insistió. Acabaron riéndose.

Fue la primera risa limpia desde el regreso.

Al bajar al patio, encontraron el cubo gris apoyado junto a la pared. El mismo cubo. El mismo cepillo.

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