Carmen lo señaló.
—Tíralo.
Natalia se acercó, pero se detuvo.
—No.
—¿No?
—Quiero guardarlo.
Carmen la miró como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Para qué?
Natalia levantó el cubo. Era barato, estaba arañado y olía a detergente.
—Para que un día, cuando ya no duela tanto, podamos mirarlo y recordar que hubo un momento en que pensaste que tenías que arrodillarte para merecer esta casa. Y que ese momento terminó.
Carmen no respondió enseguida.
Después sonrió.
No era una sonrisa grande.
Era cansada, tímida, pero verdadera.
Aquella noche cocinaron arroz con verduras, pollo al ajillo y una tortilla que se rompió al darle la vuelta. Natalia se rio. Carmen dijo que en Dubái se le había olvidado cocinar como una española. Natalia protestó con la boca llena.
Hablaron de cosas pequeñas.
De la vecina del número 8.
Del limonero del jardín.