Carmen cerró los dedos alrededor de las llaves.
—Mi hogar.
—Sí.
Esa noche Natalia se quedó en la habitación de invitados.
Cerca de medianoche oyó pasos en el pasillo. Después escuchó la puerta del dormitorio principal.
Carmen la cerró.
No desde fuera.
No porque alguien la hubiera mandado a dormir.
No porque temiera molestar.
La cerró ella misma, desde dentro.
Y el sonido fue pequeño, casi insignificante.
Pero para Natalia fue el ruido más importante de toda la casa.
Porque por primera vez en 2 años, aquella puerta no separaba a Carmen de lo que le pertenecía.
La protegía.
Y la casa, por fin, volvió a sonar como siempre debió sonar:
como el hogar de su madre.