De si la televisión estaba demasiado alta.
De un viaje que Carmen siempre había querido hacer a Cádiz.
No hablaron de Laura.
No hablaron de Álvaro.
No porque el problema hubiera desaparecido, sino porque esa noche no querían regalarles ni 1 minuto más.
Después de cenar, Carmen recogió 2 platos.
Natalia se levantó de inmediato.
—Déjalos.
Carmen arqueó una ceja.
—Tampoco exageres. Puedo lavar un plato.
Las 2 se echaron a reír.
Más tarde, Natalia dejó un juego de llaves nuevas sobre la mesa.
Carmen las tocó con la punta de los dedos.
—Natalia.
—¿Sí?
—Si algún día te cansas de pagar todo esto… ¿me avisarás antes de vender?
Natalia sintió que se le cerraba la garganta.
Tomó las llaves y las puso en la palma de su madre.
—Escúchame bien. No tienes que ganarte el derecho de estar aquí. No depende de si limpias, de si callas, de si ayudas a Laura ni de si yo estoy de buen humor. Esta casa se compró para que fuera tu hogar.