Laura dio un paso hacia ella.
—Nunca quise que tuvieras miedo de Natalia.
Carmen negó lentamente.
—No tenía miedo de ella. Tenía miedo de perder lo que ella me había dado. Vosotros me hicisteis creer que mi seguridad dependía de portarme bien.
Aquella frase cambió el ambiente más que todos los papeles de Javier.
Natalia sintió rabia, pero también una culpa amarga. Había trabajado jornadas interminables en Dubái convencida de que enviar dinero era suficiente. Cada videollamada duraba 10 minutos. Carmen siempre sonreía. Laura aparecía de vez en cuando al fondo. Álvaro saludaba con entusiasmo. Y Natalia, agotada, quería creer que todo estaba bien.
Ahora entendía que su madre había aprendido a esconder la humillación para no preocuparla.
—Mamá —dijo Natalia—, mírame.
Carmen lo hizo.
—La casa no depende de que tú seas cómoda para nadie. No tienes que ganarte el derecho a vivir aquí.