PARTE 1
—Cuando Laura desaparezca, los 18 millones serán nuestros.
Laura Santamaría escuchó la frase desde debajo de su propia cama, con una mano pegada a la boca para que ni su respiración la delatara.
Debía seguir en París durante 3 días más. Había viajado por trabajo, pero una cancelación adelantó las reuniones. En vez de avisar a su marido, Álvaro, compró el primer vuelo a Madrid. Quería sorprenderlo.
Al llegar al piso familiar, en el barrio de Salamanca, dejó la maleta junto al vestidor. Entonces oyó el ascensor privado y la voz de su suegra, Beatriz.
Beatriz tenía copia de las llaves y la costumbre de entrar sin avisar. Laura, agotada y sin ganas de discutir, empujó la maleta detrás de las cortinas. Las voces ya estaban frente a la puerta. Sin pensarlo, se deslizó bajo la cama.
Entraron 3 personas.
Vio los zapatos de Álvaro, los tacones de Beatriz y unas sandalias rosas.
—Siéntate, cariño —dijo Beatriz—. Con 7 meses no deberías estar tanto tiempo de pie.
La mujer embarazada se llamaba Natalia. Álvaro la ayudó a sentarse y le acarició el vientre.
—Cuando nazca nuestro hijo, todo será distinto —murmuró él.
Laura sintió que la traición le partía el pecho, pero lo siguiente convirtió el dolor en miedo.
Álvaro habló de una empresa que ofrecía 18 millones de euros por unos terrenos heredados por Laura. Ella se negaba a vender porque allí estaba la antigua finca familiar, el último lugar donde había pasado un verano con sus padres antes de perderlos en un accidente de carretera.
—¿Y si sigue diciendo que no? —preguntó Natalia.
Beatriz respondió:
—Firmará. Y si no, aprenderemos de lo que ocurrió con sus padres.
Natalia bajó la voz.
—¿De verdad aquello no fue un accidente?
Álvaro soltó una risa seca.
—Oficialmente sí.
Laura clavó las uñas en la alfombra.
Recordó el hospital, el funeral y a Álvaro ocupándose de todo. 5 meses después se habían casado. Durante años creyó que él la había salvado del peor momento de su vida.
—Tuve que tocar 1 sola pieza del coche —continuó él—. Ellos iban a impedir nuestra boda y querían cambiar el testamento.
Beatriz añadió:
—Ahora vuelve a ponerse en medio por sentimentalismo. 18 millones por una finca medio vacía.
—El jueves le pondré delante un poder notarial —dijo Álvaro—. Si firma, perfecto. Si no, tenemos otra opción.