Volví de París 3 días antes y me escondí bajo la cama al oír entrar a mi marido con una mujer embarazada. Mientras él acariciaba su vientre, escuché: “Cuando Laura desaparezca, los 18 millones serán nuestros”. No salí ni lloré; llamé a mi abogada y guardé las escrituras. Entonces encontré una carpeta con el nombre de mi padre, fechada 11 días antes del accidente.

Laura comprendió que no podía enfrentarlos. Esperó hasta que los 3 salieron del dormitorio, guardó el pasaporte, las escrituras y el portátil en una mochila y fotografió el borrador del poder que Álvaro había dejado sobre la cómoda.

Llamó a su abogada, Inés Valcárcel.

—Mi marido cree que sigo en París —susurró—. Acabo de escucharle decir que provocó el accidente de mis padres.

Inés guardó silencio unos segundos.

—No hagas ningún movimiento sin mí.

Laura iba a escapar por la escalera de servicio cuando vio una carpeta gris sobresaliendo del maletín de Álvaro. En la portada estaba escrito el nombre de su padre.

La abrió.

Y la fecha del primer documento era de 11 días antes del accidente.

PARTE 2

Laura llegó a un hotel de Chamberí y envió a Álvaro un mensaje: “El proyecto se ha complicado. Regreso el domingo”. Él respondió con un corazón.

A las 6:30, Inés estaba con ella. Revisaron la carpeta gris: pólizas, fotografías del coche de sus padres, movimientos bancarios y una factura de un taller de Toledo emitida 11 días antes del accidente.

—Esto no demuestra por sí solo lo que hizo —advirtió Inés—, pero basta para pedir que se reabra todo.

Laura aceptó fingir que nada había cambiado.

Horas después recibió un mensaje de Natalia: “Necesito verte. Yo tampoco estoy a salvo”.

Se reunieron en una cafetería llena de gente, cerca de Alonso Martínez. Natalia llegó temblando. Admitió la relación, el embarazo y que sabía lo de los 18 millones. Luego puso su móvil sobre la mesa.

Había grabado a Álvaro.

En un audio, él decía que Laura “firmaría de una forma u otra”. En otro, Beatriz mencionaba un “plan de carretera” como si ya lo hubieran usado antes.

Natalia empezó a llorar.

—Anoche le pregunté qué pasaría conmigo después de cobrar. Me contestó que nadie era imprescindible.

Entonces entregó a Laura una pequeña llave.

—Beatriz guarda una caja en su vestidor. Álvaro cree que yo no sé dónde está.

El domingo, Laura volvió a casa sonriendo. Durante la cena, Álvaro colocó delante de ella el poder notarial.

—Firma aquí, cariño.

Laura tomó la pluma.

Y sonó el timbre.

PARTE 3

Beatriz levantó la vista, molesta.

—¿Quién viene a estas horas?

Laura dejó la pluma sobre el mantel.

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