Volví un mes antes a Valencia sin avisar. Mi madre fregaba de rodillas el patio que yo le compré, mientras mi cuñado brindaba dentro. Me miró y dijo: Si vienes por la limpieza, está detrás. No discutí, llamé a mi abogada. Esa noche, su carpeta sobre la mesa reveló algo mucho peor.

La conversación definitiva ocurrió 4 días después, en el despacho de Inés.

Eva llegó sola.

Ya no llevaba la ropa impecable ni la seguridad de la tarde del patio. Se sentó frente a Elena y Pilar, dejó el bolso en el suelo y comenzó a justificarse antes de que nadie le preguntara nada.

Dijo que Álvaro había pasado por una mala racha. Que el restaurante había perdido dinero. Que necesitaban tiempo. Que Pilar nunca había protestado. Que todo lo que habían hecho había sido “por la familia”.

Pilar permaneció callada.

Eva siguió hablando.

—Además, mamá estaba mejor con nosotros. No podía vivir sola en una casa tan grande.

Elena deslizó sobre la mesa varias copias de los extractos.

—Entonces explícame por qué el dinero de mamá pagó el coche de Álvaro.

Eva miró los papeles.

—Eso fue temporal.

—¿Y los 8.400 euros transferidos a su empresa?

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