No podía hacer desaparecer la vergüenza de aquel patio ni las veces que Pilar había limpiado mientras otros disfrutaban de la casa.
Pero sí podía impedir que aquello definiera el resto de su vida.
Pilar levantó la taza, dio un pequeño sorbo y miró las rosas blancas.
—¿Sabes qué es lo mejor de esta casa ahora?
Elena esperó.
Pilar sonrió.
—Que por fin no tengo que pedir permiso para estar en ella.
Y esa frase, dicha sin lágrimas y casi en un susurro, fue la única victoria que Elena necesitó escuchar.