Carmen decidió que aquel movimiento también debía constar en el expediente.
Rubén no protestó.
Durante las 2 semanas siguientes no volvió a la casa.
Su ausencia produjo un silencio extraño. Elena estaba enfadada, pero también le costaba reconciliar al hermano que le arreglaba una persiana sin cobrarle con el hombre que había usado la debilidad de su madre para conseguir una firma. Carmen, por su parte, oscilaba entre la decepción y la culpa.
Una tarde preguntó:
—¿Crees que fui demasiado dura cuando le negué el dinero?
Elena respondió sin dudar.
—Le ofreciste ayuda. Lo que no le ofreciste fue que decidiera por ti.
Carmen asintió y miró por la ventana.
—Es curioso. Cuando los hijos crecen, una sigue pensando que si se equivocan debe de haber una parte que hizo mal como madre.
Mateo, que hacía deberes en la mesa, levantó la cabeza.